martes, mayo 23, 2006

¿Qué haríamos sin prejuicios?

En el momento en el que la propia visión del universo no incluye otras posibles visiones, creo que hay un problema.

Tomemos el ejemplo de una persona que haya creido toda la vida que tiene la razón en todo, poco a poco irá incorporando elementos a su visión del universo conforme vaya viviendo. Diez años después, mientras sigue pensando que tiene razón, si se le pregunta acerca de lo que pensaba hace una década, dirá o bien que estaba equivocado o bien no tenía la suficiente información o no sabía lo suficiente "de la vida". En algunos casos es posible que siga pensando lo mismo que hace una década, sobre todo si ya es persona madura.

No considero que sea perjudicial pensar que se tiene razón acerca de un tema, pero sí creo que lo es cuando ese pensamiento domina y eclipsa al resto de factores que pueden variar la propia opinión acerca de ese mismo tema. Dejar abierta una puerta a la incertidumbre teniendo asímismo la certidumbre de que es dificil tener todos los factores para estar al cien por cien seguro no es no estar seguro ni es una carencia de fe en el criterio propio; es mantener una prudente distancia para que entre algo que, con un poco de suerte, puede hacernos mejores o por lo menos un poco más sabios.

La raiz del prejuicio es la preeminencia de esa ideosincrasia que elimina cualquier tipo de incertidumbre. Una experiencia previa no siempre genera un prejuicio. De hecho un prejuicio puede ser independiente de cualquier tipo de experiencia directa.

Ejemplo de prejuicio mío: las dictaduras.
Las odio. Las odio con toda mi alma a pesar de no haber experimentado nunca lo que es vivir bajo una de ellas. Y no creo que haya nadie en el mundo que sea capaz de convencerme de que una dictadura es mejor que una democracia, y que con Franco los españoles vivían mejor que ahora. Yo mismo he decidido cerrar la puerta de la incertidumbre en este tema en concreto porque considero que sé lo suficiente sobre las dictaduras como para decidir que son perjudiciales. Y no es que no sea posible que alguien llegue y me baje de mi pedestal, es que no estoy dispuesto a que nadie lo haga. No quiero bajarme. Estoy bien aquí.

Creo que es absolutamente natural que las personas tengamos prejuicios, pero también sería natural y (creo) más sano si simplemente tuviésemos opiniones. Porque con una opinión se puede hacer algo, pero con un prejuicio no. Los prejuicios no sirven más que para ahorrar esfuerzo mental a la hora de analizar una situación, una forma perezosa de dar una respuesta, una manera de obviar que no hay dos situaciones iguales, una automatización en aras de una estabilidad mental. El prejuicio es rígido y la opinión, en cambio, es flexible y bastante maleable. Pero el prejuicio tiene un valor añadido que le dan una importancia capital hoy en día.

Un buen ejemplo de esto son las tertulias. Las tertulias despiertan interés precisamente porque en ellas se suelen dar cita entes con mentes tan rígidas como asteroides. Y, no nos engañemos, es más divertido ver chocar a dos asteroides que ver colisionar a dos nubecillas. Me imaginaría que los Trolls montan tertulias y los Elfos organizan pacíficos debates si no me hubiera leido tantas veces el Silmarillion como para saber que la realidad sería precisamente la contraria.

Y siguiendo esta línea...
¿Qué sería de nosotros si no pudiésemos decir a gusto en el bar que los catalanes son unos agarrados, que los andaluces son unos vagos o que los madrileños son unos chulos por saber que hay de todo en todas partes? ¿Qué sería de nosotros si no pudiésemos poner a parir a la clase política por no conocer personalmente a nadie de esa clase? ¡Cuán trágico sería no poder tener la base para opinar que todos los gabachos son unos cerdos, que todos los ingleses son más raros que un perro verde o que todos los alemanes son cuadriculados! ¡Qué mal rollo daría no poder comentar con el taxista que los fachas deberían morir dolorosamente o que los sociatas son la lacra de este pais simplemente porque se conocen personas que no cumplen esos cánones! ¡Qué pena daría no poder decir que la reina Sofía tiene que agacharse para entrar por las puertas o que el rey Juan Carlos es un tío muy campechano por no haber cruzado con ellos palabra alguna!

Pero ¿cómo podríamos vivir así? Qué hastío, ¿no compañeros?

No hay comentarios: